Espiritualidad cristiana, ¿en qué consiste?

No es fácil presentar de un modo claro y simple qué es esto que llamamos espiritualidad. Usar esta palabra o expresión produce sensaciones parecidas a las que experimentamos al usar otros términos como vida, amor, experiencia. En todos estos casos nos estamos refiriéndonos a experiencias fundamentales de nuestra existencia. Nos es difícil conceptualizarlos, decirlos de alguna forma.
Es más fácil entreverlos, experimentarlos. Podemos descubrir, eso sí, un factor común a estos términos comunes de densidad significativa. Todos se experimentan, se viven, se sienten, humanamente hablando, en medio de una relación interpersonal. Por ejemplo, una mamá que cuida de su hijo enfermo experimentará que todo su ser vibra con el ser amado, en él se focaliza y se centra; de manera más “inteligente” que nunca, percibir a su hijo. Experiencia, o si se prefiere vivencia de amor, comunión de vida entendida en su sentido más amplio y totalizante que hace del ser humano alguien que se entrega de modo indefinido, pero definitivo, en todas sus dimensiones. Igualmente el creyente se encuentra en Dios en medio de una experiencia vital de amor y comunión. Encuentra en Dios la fuente última y profunda desde donde siente y experimenta que mana su vida toda. Y desde esta experiencia todo se transforma, cobra nuevo sabor, un modo nuevo de ver las cosas y sentirlas. Una nueva vida, incluyendo la comprensión de sí mismo.
¿A qué se llama espiritualidad? Ser un ser humano, es ser “alma y cuerpo”. Dos realidades que se encuentran íntimamente unidas en nosotros de tal manera que una de ellas no existe sin la otra. Desde la concepción, en el secreto del vientre materno, comenzamos a ser cuerpo y alma. Del mismo modo que el término corporalidad expresa el hecho de que el ser humano tiene un cuerpo, el término espiritualidad expresa la realidad de que tiene un espíritu. El ser humano es cuerpo, sí, pero no sólo cuerpo, también es alma, espíritu . Estas dos realidades humanas están íntimamente relacionadas, al punto que el ser humano es una sola cosa, no la simple yuxtaposición de un cuerpo y un alma, sino un cuerpo espiritualizado o si se quiere, un espíritu encarnado.
En sentido genérico, la palabra espiritualidad designa una referencia que va más allá de lo visible, de lo tangible y de lo material.  El concepto cristiano de espiritualidad no tiene como referente una negación u oposición a la materia (lo espiritual vrs lo material), sino dice relación directa al Espíritu, a la Persona del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo y de Dios Padre.  La espiritualidad es El Espíritu que habita en el ser humano y la vida según este Espíritu.
Entonces, ¿Qué hay que entender por espiritualidad cristiana? La espiritualidad cristiana es la experiencia del Dios de Jesucristo en la vida de quienes creen en Él. Lo que define la espiritualidad no son las prácticas sino la irrupción de una Presencia insospechada y transformadora, ya que Dios se hace presente en la vida de las personas. Esta irrupción de Dios provoca la conversión, la acogida y compromiso con el Proyecto de Jesús, que en definitiva es el Proyecto de Dios Padre , mediante el don del Espíritu .  Esta vida según el Espíritu se opone a un estilo de vida encerrado en sí mismo . Una vida en el Espíritu no es auto-referente sino acepta su condición de creatura y busca el significado sobre la propia existencia en el horizonte de un Creador que ama infinitamente a su creatura.
Por ello, una espiritualidad abierta a la acción del Espíritu implica una centralidad en la Persona de Jesús el Cristo , la construcción de una comunidad fraterna en misión , en una actitud de acción de gracias y en el gozo del anuncio del Evangelio , privilegiando una preocupación hacia los más pobres y marginados de la sociedad . 
El cristiano que asume una determinada espiritualidad expresa concretamente una opción fundamental en su existencia, que cambia su horizonte de significados y sentidos, porque la experiencia de Dios implica un compromiso con el proyecto divino sobre la historia humana, porque la conversión a Dios se traduce en una conversión hacia el otro como imagen y semejanza de Dios.
La esencia de la espiritualidad cristiana es el seguimiento histórico de Cristo bajo la guía de la acción del Espíritu.  La espiritualidad cristiana es una existencia que se deja interpelar por la presencia divina y se transforma en un estilo de vida (opciones, actitudes, comportamientos).  Por ello, existen distintas expresiones de esta misma espiritualidad ya que este camino histórico tiene distintos contextos definidos por el tiempo y el espacio, como también por el acento y la prioridad que se da a uno u otro aspecto en la respuesta a la llamada de Dios .
Al hablar de “espiritualidad”, de manera sencilla, hay que entenderla como una manera específica, particular de vivir el seguimiento de Jesús. Por eso se suele decir que en la Iglesia existe una diversidad de espiritualidad, cada una según un modo propio, concreto, específico de vivir este seguimiento. Hablamos de espiritualidades franciscana (San Francisco), dominica (Santo Domingo), o ignaciana (San Ignacio) según los modos de seguir a Jesús de san Francisco, santo Domingo o san Ignacio de Loyola.
El mayor legado que san Ignacio ha dejado a la Compañía de Jesús y la Iglesia es su espiritualidad, expresada en textos como su Autobiografía, su Diario Espiritual, sus cartas, pero de manera especial en sus Ejercicios Espirituales.
El centro de la espiritualidad de Ignacio es la identificación con Jesucristo.

P. Arturo Moscoso P. sj.

  Puede hacerse de manera muy válida una distinción tripartita entre cuerpo, alma y espíritu. Para el caso, quedémonos en la relación íntima entre cuerpo y alma.
  “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6, 38; ver también: Jn 4, 34; 5, 19.30.43; 6, 57; 10, 18.25.37; 12, 49 – 50; 14, 10.24.31; 15, 10.15; 18, 11).
  Ver 1Cor 2, 10 -16.
  Ver Gál 5,16 -25. Ver Fil 3,7-11.
  Ver 1 Cor 12 – 14.
  Ver Rom 1, 14 – 17.
  Ver Mt 25, 31 – 46.
  Ver S. Spinsanti, “Ecología”, en AA.VV., Nuevo Diccionario de Espiritualidad, (Madrid: Paulinas, 19914), p. 510.

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