Notas De La Espiritualidad Ignaciana

La espiritualidad ignaciana no se define por alguna formulación tipo, ni siquiera lleva a la práctica de una virtud, como la pobreza u obediencia, menos a una clase específica de tarea, llamada comúnmente apostolado. Va directo al corazón mismo del ser humano que quiere- por la gracia de Dios- estar plenamente libre y disponible para colaborar, con Dios, en la redención del mundo, entiéndase como liberación, libertad, rescate, salvación, defensa, etc.)
En 1522, Ignacio de Loyola tiene una experiencia espiritual que orienta su vida de forma definitiva. Toma nota de los rasgos de esta su experiencia y trata de formularla de manera comprensiva. Anota en un cuaderno algunos descubrimientos que podrían ayudar a otros a hacer lo mismo.  Algunas de estas notas son la prefiguración de lo que luego se llamará rasgos de la espiritualidad ignaciana. Me permito presentarles cuatro de ellas: Una profunda confianza en el ser humano, la convicción de que lo que está en juego es la libertad humana que hay que conquistarla, el valor y el respeto a las mediaciones humanas, históricas y, finalmente, tomarse en serio el mundo como lugar de la presencia de Dios.

Una profunda confianza en el ser humano. Para Ignacio no sólo estamos  “creados a imagen y semejanza de Dios”, somos, por sobre todas cosas, hijos de Dios y esto nos confiere una dignidad muy grande. La grandeza del ser humano debería, además de  sobrecogernos, exigirnos a corresponder con todo ese potencial que Dios ha puesto en el ser humano y comprometernos a hacer el mejor uso de todos los talentos que hemos recibido. Esta toma de conciencia deberá promover un profundo respeto hacia el ser humano para respetar su dignidad, su grandiosidad como creatura. Los fundamentos de la espiritualidad ignaciana se encuentran en la atmósfera humanista y renacentista que exalta la dignidad del ser humano, razón por la que no busca su negación, sino la afirmación de su libertad al servicio de Dios y del ser humano. El ser humano nace para dar gloria a Dios y para servirlo a ejemplo de Jesucristo. Todo lo que impida el camino anterior debe ser rechazado, de ahí la insistencia en el ejercicio de la auténtica libertad. 

Una auténtica libertad humana. Ignacio habla de una libertad radical, pues la persona está llamada a ser libre. La libertad es un proceso de progresiva liberación de condicionamientos internos y externos, de crecimiento en responsabilidad, en el respeto a la libertad ajena y en el rechazo a toda restricción, manipulación y opresión de la libertad de las personas, grupos y pueblos. Iniciar en el uso de la libertad y la responsabilidad mediante la toma de decisiones personales, el sentido crítico, y la capacidad de sacrificio y renuncia.

El respeto a las mediaciones. Dios se manifiesta y comunica muchas veces a través de mediaciones humanas, que no son siempre las inicialmente previstas o esperadas, sino en muchas ocasiones muy sorprendentes, es necesario que la persona que quiere encontrarse con Dios sea abierta al otro como mediación de Dios, capaz de comunicación, de decir y de dejarse decir. Los Ejercicios Espirituales ofrecen un excelente camino para convertir todas las cosas en lugar de encuentro con el Señor. Ignacio, fiel a este estilo espiritual, repite en distintas circunstancias esta convicción sobre la unión con Dios en lo secular para invitar a la práctica: “les aumente siempre en amarle en todas cosas, poniendo, no en parte, mas en todo, todo vuestro amor y querer en el mismo Señor, y por El en todas las creaturas…”. Y esta abertura de espíritu para hallar a Dios en todas las cosas es un don mayor que el de hallarle sólo en la oración y ejercicios de piedad. La razón es que el encuentro con Dios es una iniciativa suya y, por tanto, las mediaciones lo son de hecho en la medida en que el Señor se sirva de ellas. Por tanto, todas las cosas pueden ser “oración” o convertirse en verdadera “devoción”, e incluso lo que, mirado simplemente con una perspectiva natural, podría parecer distracción, puede ser “espiritual”, como pueden ser las tareas administrativas.

Tomarse en serio el mundo como lugar de la presencia de Dios. La espiritualidad ignaciana no surgió en la tranquila y pasiva realidad de un monasterio, sino en medio de la vida de un hombre que no era sacerdote, monje, sino un laico, un ciudadano de a pié. Para el laico Ignacio la persona humana no busca auténticamente a Dios si no se compromete, si no se inserta en el mundo creado. Y por otro lado reconoce que no hay auténtico compromiso con el mundo creado que no sea fruto de un descubrimiento de Dios. De ello se sigue que la espiritualidad ignaciana no nos fuerza abandonar este mundo para encontrar a Dios ni nos obliga vivir en un mundo distinto a nuestro para sentir su gustar y hallar su presencia. Lo primero que nos dice es que miremos la realidad, que no le tengamos miedo, que la enfrentemos, que “estemos al día”. Mirarla desde perspectivas amplias, con estudio riguroso, ojalá interdisciplinar.

P. Arturo Moscoso Pacheco. sj.

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